AMLO no es un peligro para México; el peligro es la indiferencia electoral

21 febrero, 2018

La prestigiosa encuesta regional Latinobarómetro establece en su Informe 2017 una interesante paradoja: por un lado, se profundiza el “declive de la democracia” en la región y, por otro, se verifican mejoras en el nivel de vida en la mayoría de los países encuestados, con “la menor proporción de hogares que no llegan a fin de mes” desde 1995.

Concluye el informe con una frase contundente: el “crecimiento económico y (la) democracia no van de la de la mano” (Latinobarómetro, 2018). Una sorpresa, ya que la premisa del pasado reciente sostenía que los mejores resultados económicos aumentaban la aprobación del sistema político.

De alguna forma, las conclusiones de la encuesta establecen que, en un contexto de contrastes y desigualdades, tanto económicas, como en el ejercicio de los derechos y en el trato, la población reclama mejoras en varios campos: mejores instituciones, más seguridad y una respuesta cabal a los problemas más relevantes. Finalmente, concluye el Informe de Latinobarómetro, el problema es la convivencia en “una democracia diabética”, con “avances en lo económico y deterioro en lo político y social” (Ib., 2018).

En verdad estos resultados no son ajenos a la realidad mundial que confirma la tendencia del debilitamiento de las instituciones democráticas (Sachs, 2013). Desde Estados Unidos hasta Rusia, desde Venezuela hasta Filipinas, la democracia parece relajar los controles de sus pesos y contrapesos, dejando filtrar corrupción y expresiones autoritarias. Con el advenimiento de una nueva ola de populismo, una forma de hacer política heredera del fascismo (Finchelstein, 2017), se multiplican los líderes carismáticos que dividen al mundo en blanco y negro, en ‘nosotros’ (los buenos) y ‘ellos’ (los malos). Un mundo propicio a los Trumps, Putins, o los más vernáculos Maduros. Esperemos que, como en el pasado, se trate de un ciclo, más que del desgaste del sistema, y que este sea el presagio de una nueva ola de democratización, donde las instituciones salgan fortalecidas.

En este contexto complicado, México no es una excepción, más bien, sigue la tendencia. En un escenario global donde el crecimiento se estima en 2.7% para 2017 (Banco Mundial, 2018), México computa un razonable 2.3% (Inegi, 2018), aún después de la devastación de los sismos y las expectativas negativas de convivir con un presidente en Estados Unidos poco inclinado a los negocios bilaterales.

En medio de cifras auspiciosas como la generación récord de empleos formales o la estabilidad macroeconómica (muchos más sana que la de las otras dos grandes economías de la región: Brasil (1), Argentina (3), lo que parecemos recordar es la inflación, que suele ser llamada el impuesto a los pobres, porque carcome sus canastas básicas, en su mayoría de productos de primera necesidad.

Es que en nuestro México, el crecimiento, los empleos y la estabilidad, son muy importantes pero no alcanzan. Tantas estadísticas de muertos, normalizan la violencia en los medios pero convierten nuestra vida, no importa el grupo social al pertenezcamos, en un constante mirar sobre el hombro. Somos habitantes al acecho, porque sabemos que el peligro no está en una persona, en un candidato, está impreso en nuestra vida diaria. Convivimos con el peligro y la desazón, con las multinacionales del narcotráfico que extienden sus tentáculos a todos los ‘negocios’ ilícitos que le puedan proveer de ‘superutilidades’. También convivimos con una tradicional desigualdad, con un alto número de pobres y con la corrupción. Todo esto irradia una enorme sensación de injusticia: sentimos el despojo, la extorsión, la imposibilidad de trabajar en paz.

En este contexto, en medio del año de mayores delitos de los que se tenga registro, se entiende el enojo de muchos, las quejas, la decepción, más allá de lo auspicioso que puede ser que, en medio de un contexto internacional adverso, que el país siga creciendo.

Pero el enojo, a veces, ciega y se convierte en un camino lleno de obstáculos en el propósito de las decisiones trascendentes. Como dicen Fisher, Ury, Patton en su famoso Sí, de acuerdo, llegó el momento de “subirse al balcón” y mirar los problemas desde arriba, para dimensionarlos y quitarles la carga emocional.

Nuevamente, como en 2006, el candidato que lidera en las encuestas es López Obrador. Yo no sé si es “un peligro para México”, tampoco puedo asegurar que los otros candidatos garanticen la vida más tranquila, justa y equitativa que la mayoría anhelamos.

López Obrador, por su parte, está ganando la batalla de la comunicación, sabe usar frases como fronteras para marcar su campo. Él se asume (y parece por las encuestas que la mayoría lo acompaña) como el intérprete del pueblo; enfrente, los malos, los que representan el status quo, los sucios. Su división en buenos y malos nos trae reminiscencias de la tradición sudamericana. Desde Vargas, pero fundamentalmente desde Perón pasando por Chávez y Evo Morales, el populismo y su capacidad para alcanzar los corazones de los afectados emerge en tiempos de crisis. No importa la ideología que lo acompañe, sea de derecha o izquierda (Finchelstein, 2018) el populismo se asienta en la capacidad de líder carismático de dirigirse a los corazones de “su” electorado, reivindicando sus visiones sobre el mundo, aún las más controversiales, como podemos verificar con Trump hoy y su vindicación tácita de la supremacía blanca. Es por eso, porque la emoción es una fuente de decisiones y concepciones, que se dificulta discutir racionalmente las propuestas, por lo menos hasta el momento, del ejercicio del poder. Es que los populistas suelen ser mejores como oposición que como gobernantes.

López Obrador es un político de raza y un maestro en el uso de estas herramientas y cuando lo apuran, recurre al chiste, a la burla, lo que lo deja en un escalón por encima de los demás, disminuyendo la crítica y al emisor de la misma.

Aún así, con esta forma de hacer política, no debemos considerarlo un peligro para México. Más bien en un México en peligro, con problemas graves, debemos evaluar sus propuestas, junto con la de todos los demás candidatos.

Es la obligación de todos los que se proponen en esta elección, decirnos cómo estiman que nos van a dirigir. Olvidemos las simpatías o el corazón, ya que las primeras se terminan y el segundo se decepciona fácilmente con el correr de la vida, revisemos propuestas.

Si nos dicen que van a terminar con la corrupción y la inseguridad (Anaya, Zavala, López Obrador), preguntemos cómo, o revisemos la viabilidad de sus propuestas. Si nos dicen que van a cerrar la construcción del nuevo aeropuerto (el mayor empleador de México), revisemos sus propuestas e imaginemos el futuro con un aeropuerto actual al borde del colapso. Si nos dicen que van a terminar con la inseguridad (Anaya, López Obrador, Meade), revisemos la viabilidad de las ideas detrás de las declamaciones, por ejemplo, ¿qué significaría una amnistía para los narcotraficantes como señaló López Obrador? De la misma forma, deberíamos revisar la posición con respecto a las licitaciones petroleras (que hoy suponen unos 100 mil millones de dólares de inversión futura, muchos empleos y cuya retractación supondría onerosas penalidades); también deberíamos detenernos en la reforma educativa, los diagnósticos y propuestas sobre la pobreza y la desigualdad, sobre la relación con Estados Unidos y el mundo, la política fiscal o la política frente a las inversiones, etc. En nuestro derrotero por las plataformas, posiblemente, encontremos ambigüedades o relatos con datos ficticios. Lamentablemente, algunos candidatos se pueden perder en el mundo de la imagen sin respaldo, de los discursos sin sustento, y esa es una señal de alarma a tener en cuenta. El ejercicio del poder es complejo y debe sustentarse en hechos y resultados, no en palabras huecas.

Podemos discutir que los sexenios que pasaron sin la alternativa de López Obrador no fueron los mejores. No sabemos, porque no fue presidente, y no podemos confrontar realidad frente a las ensoñaciones, que sus resultados hubieran sido mejores, o si hubiera puesto a México en el abismo. Tenemos esta realidad de 2018 donde México está en disyuntiva, con problemas graves y necesidad de soluciones innovadoras. Formamos parte de un país que, dolorosamente, cuenta muchos pobres, pero no somos un país pobre. En realidad, nos presentamos como un país de ingresos medios altos pero muy mal distribuido (Banco Mundial, 2018), lo que hace muy complejo vivir en sociedad. Sabemos que la desigualdad en la distribución del ingreso reduce el crecimiento general del país, complica la salida de la pobreza, reduce las oportunidades de desarrollo individual y, lamentablemente, se correlaciona con el nivel de delincuencia.

López Obrador sabe ver y describir esa sociedad de contrastes, con limitación de oportunidades para muchos, reducida movilidad social, demasiada pobreza y mucho resentimiento. Ese es el origen de muchos de nuestros problemas y él supo detectarlo. Ahí está el mayor impacto de su mensaje que empalidece un poco el de los demás candidatos. Ahora nos toca a nosotros, los ciudadanos, reclamarle a él y a los otros candidatos que pongan sobre la mesa sus soluciones, más allá del diagnóstico, y evaluarlas para poder emitir un voto responsable.
Yo no sé si un candidato es el peligro para México, más bien el peligro es la indiferencia ante un proceso electoral que nos atañe a todos. El futuro se construye con los hechos del presente. Votemos responsablemente.

*Artículo de la Dra. Nora Beatriz Lemmi, académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana.




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