COLABORACIÓN ESPECIAL. La “Normalidad Democrática” / Por José Eduardo Romero Ramírez.

29 agosto, 2010

Recientemente, escuché en algún noticiero la referencia a la “normalidad democrática”. El comentarista decía que en nuestro país se añora la normalidad democrática, en referencia al desastre que estamos viendo y viviendo en el México actual. Es cierto que hay un gran descontrol y me dejó pensando la idea del comentarista. No sé si la normalidad democrática sea la solución a todos los problemas que vivimos, aunque entiendo que el comentario versaba sobre el amplio concepto de democracia y no sólo la funcional, sino una verdadera sociedad democrática donde todos los que convivamos en ella abrevemos del mismo río de valores cívicos y convicciones pluralistas.

En ese sentido, claramente, la falta de convicción y valores es la madre de todos los males en nuestra maltrecha política mexicana, en nuestra anquilosada economía mexicana, en nuestra desencantada sociedad mexicana. En ese caso, sí creo que se reduce significativamente a ello, pues lo desencarnado del contexto actual nos hace pensar seriamente en si hemos fallado como individuos y como familias para asegurarnos marcos de convivencia respetuosos y con parámetros importantes de solidaridad hacia los demás, para que éstos redunden en otros ámbitos de nuestra existencia humana. No habló de la idea decimonónica de moral, sino de una idea actual, efectiva y social de ética humana.

Así pues, si vemos que los seres humanos de hoy ya no se manejan bajo criterios mínimos de convivencia social y han dejado de lado los valores fundamentales de cimiento moral, en el mejor sentido de la decencia como un actuar decoroso y cabal, no como el que nos venden instancias o ideologías anticuadas, sino como un llana integridad cotidiana, entonces podemos entender que todos hemos abonado al caos que vivimos actualmente.

Sin duda, aspiro, como lo hacen muchos más, a un México que logre distender tanto conflicto social, económico y político. Esto sólo ocurrirá en la medida en que recuperemos la entereza ética para participar en los distintos roles en los que nos desarrollamos. Por ejemplo, la traición política que se da en los que no tienen la menor vergüenza para brincar de un partido a otro, importándoles sólo sus intereses políticos y dejando de lado toda ideología o plataforma de acción.

¿Se puede confiar en ese tipo de políticos? Por supuesto que no. Y mucho menos se puede creer que una solución real a la demanda ciudadana procede de quienes no entienden o no les importa ponerse una camiseta y defenderla, pero sobre todo trabajar porque esta sea cada día más reluciente. Es decir, ¿cómo puede pretender un político abonar al mejoramiento de las instituciones si ni siquiera es capaz de asumirse a plenitud como parte de alguna de ellas? Todos, absolutamente todos los partidos políticos tienen vicios, no por las instituciones mismas, sino porque toda institución está concebida, creada y sostenida por hombres y, por naturaleza, los hombres somos bien falibles.

En la medida en que mejoremos y podamos dar una mejor cara a la sociedad como personas, lograremos transformar para bien las instituciones vigentes. En todo caso, si creemos que algo en la institución que militamos está mal, pues nos quedamos y nos comprometemos a ser partícipes de su encausamiento y progreso. Sin embargo, el que cae en el tema fácil de huir, sólo puede ser dos cosas: un cobarde o un mezquino. De esos ya no nos sirven en la política mexicana.

Luego también están quienes sin menor decoro pretenden ostentarse con una camiseta que no es la propia, pero que les resulta conveniente para sus fines inmediatos, sin siquiera compartir una lucha ideología o de causas sociales que respeten y admiren. Penosa situación. Agobiante para quienes reciben de ellos sólo la displicencia del interesado en sí mismo y no en las causas que estancan o anulan el progreso de las comunidades.

En economía, tenemos que evitar la descontrolada y voraz acumulación de la riqueza. Debemos apostarle a la potenciación de los que menos tienen, apoyándoles con programas sociales y también capacitándoles con fines de desarrollo humano que redunde en su crecimiento económico particular y, desde luego, en el desarrollo económico del país. Y aquí surgen nuevamente los valores como el motor para llevarlo a cabo. Apelemos a la conciencia de que cada vez más riqueza en cada vez más pocas manos es el caldo de cultivo para el conflicto; conflicto que a nadie beneficia, ni al más rico ni al más pobre, pero sí donde el pobre tiene menos que perder y el acomodado muchísimo más. ¿Entonces quien debería estar más preocupado?

Con ello no me refiero a regalar el fruto del trabajo de nadie. No soy comunista. Me refiero a que debemos dar las herramientas necesarias para que la sociedad tenga más elementos para reducir su propia brecha entre los que más y los que menos tienen. Defender el básico y constitucional derecho económico que nos garantiza un Estado atento y resolutivo de estos problemas para el bien de las mayorías.

Contamos con innumerables conquistas de carácter social, que para más bien que mal -a pesar de lo que digan los actuales críticos de la derecha- han dado una base mínima de calidad de vida para muchos mexicanos. No podemos perder estos derechos fundamentales de los que somos ejemplo a nivel mundial, gracias a nuestra Constitución eminentemente social, además de las conquistas político-jurídicas significativamente revolucionarias que siguen vigentes en espíritu, aunque tengamos que actualizarlas y adecuarlas al contexto moderno.

Socialmente tenemos que actuar y garantizar que el núcleo familiar, característica exquisita de la sociedad mexicana, se nutra y fortalezca. Los lazos familiares son el sustento de un individuo más sano, más educado, más cabal y más íntegro, quien al salir a coexistir con otros humanos ajenos a ese núcleo, tendrá la posibilidad de generar entendimiento, manifestar tolerancia y consolidar una verdadera vida social democrática. Se manejará en el respeto y no abonará al encono. Actuará con rectitud y no promoverá la ilicitud. Entenderá que existir es coexistir, es respetar al otro mientras no se entrometa ni dañe a los terceros. Un ser humano con valores emanados de la familia y con convicciones en su desenvolvimiento personal será pilar de una sociedad menos decadente.

Esto no pretende constituirse en una carta de buenos deseos, sino en un verdadero llamado a la conciencia de mis lectores, porque efectivamente necesitamos de una normalidad democrática, entendida como la máxima expresión de un modo de vida en el que nos manejemos con pluralidad, aumentemos las posibilidades de superación individual y colectiva, premiemos el esfuerzo, solidariamente apoyemos a quien lo necesita, cimentemos la justicia social y garanticemos orden y seguridad para una mejor calidad de vida.

He aquí la parte que nos toca a quienes servimos públicamente. Primero, poner los valores por delante. La honestidad, la responsabilidad, la disciplina, la lealtad a los principios, el esfuerzo dedicado, el compromiso con quienes nos dieron la confianza. Lamentablemente, muchas veces, quienes no han luchado por conseguir lo que se tiene dejan de hacer, porque no valoran el esfuerzo realizado para llegar a donde se llegó.

Esto me entristece, pero me ocupa en resolverlo y denunciar institucionalmente lo que no debe ser. También, me hace reflexionar, como el día de hoy, en lo mucho que hay qué hacer. En la urgencia de echar a andar la creatividad con sustento para proponer políticas públicas que resuelvan estos males. En no ceder ni un ápice en el compromiso de vida a favor del servicio público. En mantener la vocación cimentada en los principios y convicciones que son lo único que pueden hablar de uno como persona.

*El Articulista es Presidente Municipal Suplente del H. Ayuntamiento de Tlalnepantla 2009-2012, Coordinador General de la COPLADEMUN de Tlalnepantla, y presidente de la Fundación Romero por una Participación Ciudadana, A.C., Egresado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM); fue asistente del director de la licenciatura e integrante de la Facultad Menor de Ciencia Política, cargo que ocupan los alumnos más destacados de la carrera. Analista político en el Gabinete de Comunicación Estratégica, dirigido por Federico Berrueto y Liébano Sáenz. Coordinó el equipo de Atención y Gestión al Público del área de Cobranza en la Delegación del Estado de México del Instituto Nacional del Fondo para la Vivienda de los Trabajadores (INFONAVIT), en Tlalnepantla. En 2007, fue nombrado por el Comité Directivo Estatal del Frente Juvenil Revolucionario, como coordinador especial del FJR en Tlalnepantla.




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