Democracia Mexicana de Partidos Políticos / Por José Eduardo Romero Ramírez

11 septiembre, 2012

En los hechos, este país es una “partidocracia”. La toma de decisiones en la esfera pública está dominada por las agendas de los partidos políticos, por sus intereses, encuentros y desencuentros. Este país pasó de un sistema de partido hegemónico, dominado por el PRI y una serie de arreglos presidenciales “metaconstitucionales”, como los llamó Jorge Carpizo,  a una democracia a medias, basada en el control preponderante de los partidos políticos.

El juego político se abrió para las opciones políticas contrarias al PRI, particularmente el PAN y el PRD, pero no permeó a la sociedad en su conjunto. Ello no debería ser nocivo si los partidos fueran verdaderos representantes de la sociedad. Desgraciadamente los arreglos institucionales actuales privilegian el acuerdo cupular, a veces plural, pero no necesariamente democrático en el sentido estricto del término. Ninguna opción política es garantía de ello; en todas, las decisiones las toma las élites partidistas.

Tampoco es que los partidos políticos sean malos per se, lo que sucede es que no tienen incentivos para conducirse distinto, porque no hemos institucionalizado distinto. Y mientras estos incentivos no cambien, estamos forzados a observar el desenvolvimiento interno de los partidos para dilucidar nuestro futuro como nación.

Tras las elecciones del pasado 1º de julio se configuró un nuevo esquema en el que -a pesar de lo que se consideró en su momento- el PRI no obtuvo mayoría en las Cámaras, por lo que el próximo Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, se verá obligado a generar acuerdos con otras fuerzas políticas.

Tiene un aliado natural e “incondicional” en el Partido Verde, pero no le alcanza con ello y seguramente, como ya se ha apreciado en otros análisis, buscar al Partido Nueva Alianza puede resultar en costos mucho más altos por lo que implica en concesión de privilegios a Elba Esther Gordillo. Sería mucho más fácil que estos acuerdos transitaran caso por caso con las fuerzas políticas más fuertes después del PRI, el PAN y el PRD.

Sin embargo, estos dos partidos se encuentran en encrucijadas importantes que terminan por reflejarse en lo que pase a su exterior y eso sí atañe a todos los mexicanos, específicamente en su comportamiento dentro de las instituciones. El PAN está a la expectativa de consolidar una estrategia rumbo al futuro para reconstruirse y básicamente se divide entre dos visiones: la del actual presidente Felipe Calderón y la anti-Calderón.

Tengo la impresión que la figura de Calderón ha generado una posición polarizadora al seno del PAN. Parece ser que los calderonistas le apuestan a que él siga controlando al interior y la línea hacia fuera, hasta hoy, es la disponibilidad para concretar acuerdos ante la alternancia con un Presidente de la República emanado del PRI.

Por otro lado, hay quienes cuestionan la idea de volverse compañeros de facto del PRI y buscan ser más combativos y cuestionadores, una opción que veo debilitándose cada vez más y que en su momento encabezó el presidente del PAN, Gustavo Madero.

Por otra parte, la izquierda se resquebraja. Andrés Manuel López Obrador decidió dejar el PRD y fundar su propio partido. Era previsible dado su poco margen de maniobra futuro: con liderazgos visibles y tangibles como Marcelo Ebrard y un puñado de gobernadores en funciones y electos, hasta tal vez Miguel Mancera, le iba a resultar muy complicado seguir pidiendo “cuotas” a los perredistas para mantener su movimiento, ya que las opciones de liderazgo ya no sólo se circunscriben a él al seno del PRD.

Es evidente que para que López Obrador tenga los recursos políticos y económicos suficientes para moverse los próximos años tenga que fundar un partido y sujetarse al juego institucional. La pregunta es: ¿Qué no López Obrador cree ilegítimas esas instituciones? Bueno, pues sí, pero seguramente no mandará al diablo las prerrogativas que se allegará con una franquicia partidista personal.

El problema para la izquierda es que seguramente irá dividida al 2018; ya sea Ebrard o alguien más el abanderado perredista, se encontrará con López Obrador en la boleta electoral. PT y MC se venderán al mejor postor.

Mientras tanto el PRI tiene la enorme tarea de navegar los próximos años por mares de mucha frustración en el país. Es esa frustración que viven amplios sectores de la población la que ha dado vida a personajes políticos mesiánicos como López Obrador. Si no responde a las expectativas ciudadanas y se reconstruye con frescura a su interior, es muy posible que este país empiece a flaquear seriamente.

Hacia dentro, el PRI ha generado una camada de nuevos cuadros, que hemos podido ver en los recientes informes de gobernadores (ejemplos como Eruviel Ávila, Ivonne Ortega, Roberto Borge, Roberto Sandoval, José Calzada, Miguel Alonso, entre otros); nuevas caras que bien pueden consolidarse en liderazgos nacionales desde el gabinete peñista o a partir de influencias regionales.

El problema es que en la bonanza muchas veces se opta por lo fácil y es que renovación no implica impulsar a los “hijos de”, sino a verdaderas opciones nuevas. Las herencias sólo implican una renovación de caras, pero nunca de intereses, ni de ideales, ni mucho menos de formas. A este país le urge refrescarse ante la desazón y es del PRI la principal responsabilidad como próximo gobierno de la República.

Estos retos internos de los partidos son de la mayor de las relevancias y no deben pasarnos desapercibidos, pues como dije al principio, mientras vivamos en una “partidocracia”, mientras los incentivos no estén alineados para que las decisiones dejen de ser cupulares al seno de los institutos partidistas, entonces la dinámica interior de los partidos tiene todas las consecuencias al exterior en las decisiones que terminan por afectar a todos los mexicanos.

Sin duda, la propuesta –como lo he dicho anteriormente- sería democratizar al interior a los partidos con primarias abiertas que permitieran elegir a los candidatos que estas organizaciones postulan, además de otras tantas reformas de amplio calado para la renovación de la vida institucional de nuestro país.

@jeduardoromero

*El Articulista, es licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Estratega político y electoral; laboró como analista político en el Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE), bajo la dirección de Liébano Sáenz y Federico Berrueto. En su carrera política, ha sido Presidente Municipal Suplente del H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz (2009-2012), Coordinador de la campaña de Difusión Estratégica de Eruviel Ávila Villegas en Tlalnepantla, Presidente de la Fundación Colosio y Presidente del Frente Juvenil Revolucionario en ese mismo municipio. Recientemente fue Coordinador de Vinculación con Segmentos Sociales de Pablo Basáñez García, alcalde electo de Tlalnepantla.




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