El Día de Muertos descansa en paz

28 Octubre 2015

halloween_México

Los cementerios del país vomitan centenares de mexicanos que aún no han muerto, sino que están allí –como todos los noviembres– para vivir, oler y saborear la muerte en carne propia. Las lápidas, con sus respectivos epitafios empolvados, están decoradas como altares de templos anaranjadísimos (entre flores de cempasúchil y el tradicional papel picado artesanal con la imagen de una calaca que me recuerda a una caricatura de José Guadalupe Posada). El anaranjado es el color de noviembre, nadie puede negarlo.

Aún sobrevive el pan de muerto espolvoreado con azúcar refinada y que está cuasi-petrificado por el tiempo de exposición en la ofrenda al aire libre. No faltan el mole con pollo y ajonjolí, el café de olla, las calaveras de azúcar y de chocolate negro decoradas con puntos y líneas de betún colorido, papel metálico y lentejuelas como ojos. A lo lejos alguien lee las composiciones poéticas chuscas que los mexicanos bautizamos como “calaveritas” y que recuerdan, en versos rítmicos, a un familiar o a un amigo que ya ha colgado los zapatos.

También exponen una anforita de aguardiente, tequila, ron o whiskey (o todas juntas para que el difunto amante de las bebidas de los dioses pueda calmar su sed). Algunos van vestidos de catrinas (como haciendo un llamado al “más allá” para que vengan al “más acá”). Otros llevan rosarios e imágenes de santos católicos para alardear la fusión de la cultura hispánica con la prehispánica, porque así es como la nombraron los religiosos europeos: El día de todos los santos y los fieles difuntos.

En un lugar de la tumba, de fácil percepción visual, se encuentra la fotografía del difunto que contempla pensativo la algarabía y el alboroto que su muerte ha ocasionado en los aún vivos. Los mexicanos celebramos la muerte y la vida, la dualidad esencial, la luz y la obscuridad; y es la misma obscuridad del panteón la que se ilumina con la llama limitada de las veladoras, que representa el fuego que guía a los muertos para que regresen con bien al lugar que dejaron hace algún tiempo.

Y yo sigo allí, esperando ilusamente a que un espíritu llegue al cementerio y se trague toda esa parafernalia; pero no he caído en cuenta de que ya llegó a quien esperaban, es decir, al Día de Muertos.

La tradición alimenta la identidad de una nación; las costumbres los mitos y las leyendas unen a un pueblo y le dan vida. El Día de Muertos exalta nuestra costumbre prehispánica de ensalzar a la muerte ante el temor del más allá con el objetivo inconsciente de celebrar la vida.

También festejamos la tradición de la Iglesia primitiva europea de recordar a los santos y mártires que ahora tienen un merecido lugar en el paraíso (o en el infierno, sea el caso). Somos una cultura mestiza, así lo quiso la historia; así lo quisieron Cristo y Quetzalcóatl cuando se juntaron en 1519.

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El Día de Muertos ha perdido su esencia conforme han transcurrido los años; se ha reducido, se ha erosionado. Las fiestas extranjeras van ganando la batalla frente a las tradiciones nacionales: las casas mexicanas ahora pretenden estar decoradas como castillos salidos de aquella novela de Bram Stoker. Las fiestas jalogüinescas se han ganado un lugar en nuestra cultura globalizada: entre la música mezclada y los vasos rojos, uno puede encontrar disfraces esencialmente estadounidenses: El hombre lobo ochentero estilo Thriller, Frankenstein, personajes de las espléndidas películas de Tim Burton, algunas mujeres están caracterizadas de Linda Blair en su papel de El Exorcista, otras muchas de conejitas de Playboy (que no asustan ni a un bebé, pero atraen a los hombres cachondos), en medio del barullo hay una enorme calabaza hueca con una cara horrenda hecha a cuchillo y una vela o un foco amarillo que la alumbra desde adentro.

Pero también encontramos disfraces que presumen una mexicanidad a medias: El Enmascarado de Plata, una que otra momia que ingenuamente suponemos que es de Guanajuato, El Chavo del Ocho, Viruta y Capulina, un Emiliano Zapata, algunos de mariachi, El Chapo Guzmán y hasta el Presidente de la República… Los mercados y tianguis que antes surtían productos mexicanos para la construcción de la ofrenda (dulces de temporada, flores del Mercado de Jamaica, tumbas de oblea dulce con calaquitas de plástico en su interior, pan de yema oaxaqueño y chocolate Mayordomo, etc.), ahora venden dulces gringos y disfraces de Wonder Woman, Superman y Miley Cyrus.

¿El Día de Muertos ha empezado a cavar su propia tumba? Espero que no. La sociedad mexicana posmoderna es exigente con lo nacional, tan exigente que niega sus raíces latinoamericanas para buscar disfrazarse de las costumbres extranjeras. No cuestiono ni mucho menos señalo a quienes festejan Halloween con la misma devoción con la que deberían festejar Día de Muertos; todo lo contrario: deseo generar una reflexión para que dos culturas (no muy distintas) convivan pacíficamente en un mismo territorio; resaltando la importancia de preservar lo que nos pertenece por genética histórica (la tradición) y dándole la oportunidad a una divertida costumbre celta (Noche de Brujas) que han satanizado los moralistas por la carga demoniaca de sus orígenes irlandeses antiguos (El All Hallow’s Eve, la leyenda del Trick-or-Treat de una secta infernal y el uso del disfraz para ahuyentar a los malos espíritus la noche del 31 de octubre; pero ésa es otra historia).

La llama de la veladora del Día de Muertos se va extinguiendo poco a poco. Espero que nunca –a pesar de nuestra marcada inclinación gringa– tengamos que grabar un epitafio sobre una lápida con una ridícula e irónica frase: “Aquí descansa en paz el Día de Muertos”… ¿Será?

Por Diego Fernández Gómez.

@DFG_Diego

Facebook/DiegoFernández

*El articulista es estudiante en la carrera de Administración Pública y Gobierno de la Universidad Anáhuac México Norte. Obtuvo una beca del 100% al ser ganador del décimo quinto Premio Nacional de Expresión Oral y Escrita “Octavio Paz”. Ha colaborado en distintas asociaciones civiles con el objetivo de generar un cambio en su municipio, Naucalpan de Juárez, Estado de México. Fue candidato externo a sexto regidor de Naucalpan durante las elecciones de junio del 2015. Amante de la historia de México, y de sus cuestiones políticas, sociales y económicas, lo han llevado a comenzar a gestar su primera obra literaria titulada Las alas torcidas del águila real; un compendio ensayístico que tiene como meta realizar un análisis detallado de la identidad del mexicano del siglo XXI.




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