El Papa Francisco traza el rumbo / Por Ivonne Acuña Murillo

19 enero 2016

Papa_Francisco_México_2016

Atendiendo la costumbre jesuita, instaurada por San Ignacio de Loyola, el Papa Francisco se abre al mundo y “traza el rumbo” que no sólo la Iglesia Católica debería seguir, sino todos aquellos gobiernos, sociedades, grupos y personas interesados en enfrentar y resolver los principales problemas que hoy por hoy aquejan a la humanidad.

El Papa Francisco, con su ejemplo, ha dado muestras de una vida sencilla dedicada a los demás, pero su labor pastoral no se restringe a la enseñanza del Evangelio ni a la oración por los necesitados y sufrientes, sino que, como aprendiera de San Ignacio, la tarea del pastor de almas va más allá de los muros del templo para situarse al lado de los grupos vulnerables, de los pobres, de los excluidos, de aquellos a quienes se discrimina, de los ancianos, de las mujeres, de los niños que no han encontrado o han perdido su lugar en el mundo.

Es así que, siguiendo las enseñanzas de la Compañía de Jesús, busca llevar su amor al mundo. Este amor no se pierde en frases vacías o discursos grandilocuentes, sino que se vierte en acciones cotidianas que van más allá de la sola caridad, del abrazo fraterno o de la palabra de consuelo.

El Papa Francisco ha hecho un diagnóstico certero sobre aquello que hoy hace precaria la vida de millones de personas cuestionando los excesos del actual sistema económico, ha optado por los pobres, se ha involucrado en temas como el deterioro ambiental y sus consecuencias humanas, ha hablado en la ONU por los derechos de los migrantes, se ha acercado a categorías sociales antes rechazadas por la Iglesia Católica, como las mujeres que se han visto en la necesidad de abortar o las personas homosexuales, se ha convertido en la voz de los “sin voz”, en la conciencia reflexiva de una humanidad que se debate entre el “ser” y el “tener”.

En su paso por las calles y plazas se ha acercado a todo aquel que representa a alguna de las llamadas minorías, ha lavado los pies de gente presa o recibido una pizza que un feligrés quiso regalarle al pasar. Ha contado chistes, demostrando su capacidad de reírse de sí mismo pero, sobre todo, no se ha dejado atrapar por la solemnidad de su investidura ni se ha refugiado en la fastuosidad del Vaticano.

Este Papa, que al inicio del año que comienza ha afirmado que es el momento de terminar con la “arrogancia de los poderosos” que relega a los débiles hacia “los confines más miserables de nuestro mundo” y de poner fin a la “falsa neutralidad” hacia los conflictos, la guerra, el hambre y la persecución, que desencadena un éxodo, muchas veces mortal, de refugiados, es el que, en febrero, visitará México.

La visita de Francisco a México habla, una vez más, de su fe pero también de su compromiso social. Su fe se muestra cuando afirma que no podría estar en México sin presentarse ante el altar de la Virgen de Guadalupe.

Su compromiso social hace aparición cuando su representante anuncia que ofrecerá misas en Ecatepec, Estado de México, en comunidades indígenas en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; en Morelia, Michoacán, y en Ciudad Juárez, Chihuahua, y que compartirá con pacientes de un hospital infantil de la capital y con reclusos y con personalidades de la cultura.

No se puede pasar por alto que lo que Francisco haga o diga en México estará enmarcado también por su papel como jefe del Estado Vaticano y por la prudencia que dicho cargo supone. Sin embargo, es de esperarse que siga “trazando el rumbo”, reflexionando en torno de todos aquellos problemas que, en México y el mundo, han divido a la gente en “ganadores” y “perdedores”.

*Información de la Universidad Iberoamericana.




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