EU 2016: de lo inverosímil a lo posible

9 marzo 2016
Donald Trump
Donald Trump

Lo que a principios de año parecía insólito se torna ahora una realidad cercana, casi palpable. La candidatura a la presidencia de Estados Unidos del empresario Donald Trump. Lo relevante no es su propia candidatura, sino la forma en que la presenta y con ello, la respuesta tan débil y carente de consistencia de sus contrincantes.

Trump no es consistencia, es efecto. No es solidez, su discurso se parece más a un performance que a una propuesta de programa político. Pero tal vez lo más relevante de este performance político es que se ha apoderado del ritmo del debate, lo que ha condicionado en gran medida la respuesta de los medios, candidatos y de los propios ciudadanos.

Trump no es del establishment, y ahí radica una de las bazas de legitimidad con sus simpatizantes; dice lo que grupos conservadores quieren oír, la ligereza e incluso frivolidad de sus respuestas contrasta con una seriedad a veces cercana a la desesperación por parte de Marco Rubio o Ted Cruz, especialmente el primero.

Sin embargo, Donald Trump no es el candidato que desean los republicanos, pero la respuesta de la estructura tradicional de este partido está al límite de tiempo y ello abona al fortalecimiento de la candidatura de este empresario.

Para los republicanos, la campaña presidencial empezó en dos frentes desde la presencia de Trump. En primer lugar, la necesidad de gestionar sin daños graves su propio debate interno entre un candidato externo y los políticos preferidos por la estructura tradicional del partido; en segundo lugar, rescatar una línea de vínculo con las posiciones de centro, dado que una eventual candidatura de Trump, cuyo discurso muchos tildan de xenófobo, misógino y racista, dejaría ese espacio vacío para Hillary Clinton, posible candidata a la presidencia del Partido Demócrata.

Sería extraordinario que sectores moderados en los ciudadanos de Estados Unidos pudieran creer un cambio de discurso del candidato republicano. Pero ya se sabe que en este caso, la palabra inverosímil está perdiendo sentido.

El discurso de Trump no es parte del ideario del Partido Republicano, las expresiones no concuerdan, no sincronizan con la narrativa del Gran Old Party (GOP) y ahí radica su reto si como indican las tendencias y no hay un cambio brusco de dirección, es nominado Trump: cómo justificar, cómo explicar a los ciudadanos la elección de un perfil como el de este empresario.

La situación del Partido Demócrata es radicalmente distinta al proceso del Partido Republicano. Hillary Clinton y Bernie Sanders han desarrollado su lucha en el marco de los procesos internos de su instituto político, no han polemizado con las estructuras tradicionales, han seguido una narrativa que sincroniza perfectamente con los postulados de los demócratas y es de esperar que la propia polémica fortalezca a quien parece estar más cerca de la postulación como lo es Clinton. En este caso, la polémica los fortalece, expone ante el electorado una cierta cohesión en un contexto de tensión.

La última semana de julio verá la postulación del candidato de los demócratas; el de los republicanos posiblemente una semana antes. A partir de ese momento iniciará la verdadera campaña entre dos discursos hasta hoy radicalmente distintos. Sin duda para los republicanos solicitar el voto sobre la base de un discurso de cierre de fronteras, de expresiones racistas, intolerantes (que no son lo mismo que conservadoras), implicará una batalla en dos frentes: la búsqueda del favor de los votantes y la gestión de una candidatura (si se confirma Trump), que arrancaría como un pasivo.

Por Javier Urbano Reyes.

*El articulista es coordinador de la Maestría en Estudios sobre Migración, y profesor investigador del Departamento de Estudios Internacionales de la  Universidad Iberoamericana.




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