Exaltación de una posible recaptura / Por Diego Fernández Gómez

26 Octubre 2015

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El Chapo entró al crimen organizado, no por sus grandes aptitudes para administrar un cártel, sino por mero nepotismo. Su padrino delictivo fue su tío, Pedro Avilés Pérez, reconocido traficante de cocaína en Culiacán, Sinaloa, quien le presentaría a El Jefe de Jefes, Miguel Ángel Félix Gallardo, aquel narcotraficante que le abrió las puertas del Cártel de Jalisco a un joven Joaquín que ni la mariguana conocía, quien le dio la patadita de buena suerte.

Serían los años y los golpes de la vida lo que lo llevarían a El Chapo a convertirse en el nuevo Amado Carrillo Fuentes, en el renovado “Pablo Escobar mexicano”.

En 1993, al ser aprehendido como presunto asesino del Cardenal Posadas, Joaquín Guzmán se presentaría ante los reporteros y medios de comunicación como “un agricultor de maíz y frijol”. Dieciséis años después, aquel simple campesino badiguaratense se convirtió en el criminal más buscado del mundo.

Un carrito de lavandería, la corrupción del sistema penitenciario mexicano y el gobierno de un presidente bigotón con botas de cowboy (el triunfador de la transición) se convertirían en la combinación perfecta para “dejar libre” al Capo de Capos, Joaquín Archivaldo Guzmán Loera.

El 22 de febrero del 2014, trece años después de estar prófugo de la justicia, el gobierno de un PRI “rejuvenecido” recapturaría al criminal en un condominio de la costera de Mazatlán. Peña Nieto y su gabinete se levantaron las solapas. Lo afirmaba con acciones: Peña era el verdadero “salvador de México”, el salvador del mundo de la delincuencia organizada, un superhéroe vestido de Armani y de peinado lacado.

“Sería imperdonable que volviera a suceder lo que sucedió en 2001”, le confesó el Presidente de la República al periodista León Krauze en el 2014. Las palabras de Enrique Peña se evaporaron rápidamente, un año después el narcotraficante se volvería a fugar de un nuevo penal de máxima seguridad en el Estado de México.

Con capacidades de ingeniería que cualquier egresado del Politécnico desearía, Guzmán Loera eligió un túnel de un kilómetro y medio como su nuevo “carro de ropa sucia”. Un golpe para Peña Nieto, otro para la PGR, otro para el CISEN, otro más para el Comisionado de Seguridad y el peor golpe de todos: el que recibió en el rostro la sociedad mexicana.

Sabe Dios en dónde se encuentra Guzmán Loera: tal vez en un lugar recóndito de la Sierra Madre Occidental; en un rancho perdido en Badiraguato; en un búnker de la selva chiapaneca; en un bache de cualquier municipio del Estado de México; ¿tomándose un etiqueta azul en Los Pinos? Nadie lo sabe (o eso es lo que creemos).

Ahora resulta que estuvieron a nada de recapturarlo.

La historia se repite, porque así es la historia política en México: un eterno retorno. No me extrañaría escuchar prontamente la noticia que dicte que El Chapo fue recapturado en una de sus propiedades de Sinaloa, que fue asesinado por la Marina Armada de México o por el Ejército Mexicano. Habrá aplausos, Barack Obama mandará felicitaciones a Peña Nieto, Arely Gómez brindará con champaña carísima, Cienfuegos llorará de alegría.

¿Por fin el pueblo de México estará tranquilo? Si eso llegara a suceder todo será alegría –sin duda alguna–, pero no debemos olvidar algo: el hecho de que el recluso más importante del mundo se haya escapado de la prisión más segura del país deja un boquete profundo en el sistema penitenciario de México.

Que recapturen, asesinen, escupan el cadáver y lo arrojen al océano, no repara las miles de fallas que tiene el sistema de seguridad de nuestro país. Aquella carcacha de seguridad seguirá andando por un camino empedrado de corrupción y fragilidad. En estos lares ya ni las piedras están seguras… ¿Será?

@DFG_Diego
Facebook/DiegoFernández

*El articulista es estudiante en la carrera de Administración Pública y Gobierno de la Universidad Anáhuac México Norte. Obtuvo una beca del 100% al ser ganador del décimo quinto Premio Nacional de Expresión Oral y Escrita “Octavio Paz”. Ha colaborado en distintas asociaciones civiles con el objetivo de generar un cambio en su municipio, Naucalpan de Juárez, Estado de México. Fue candidato externo a sexto regidor de Naucalpan durante las elecciones de junio del 2015. Amante de la historia de México, y de sus cuestiones políticas, sociales y económicas, lo han llevado a comenzar a gestar su primera obra literaria titulada Las alas torcidas del águila real; un compendio ensayístico que tiene como meta realizar un análisis detallado de la identidad del mexicano del siglo XXI.




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Estupendo artículo. Felicidades Diego Fernández.
¿Cuándo disfrutaremos el próximo?

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