La intolerancia vive en casa

3 mayo, 2017

Desde la década de los 80, he seguido de cerca el fenómeno de la intolerancia y discriminación religiosa en México. Tengo un buen número de casos documentados y he sido testigo presencial donde evangélicos, y miembros de otros credos, han padecido desde abuso sexual hasta asesinato, pasando por despojos, destierros, amenazas, robos, segregación, exclusión de los programas de Gobierno, quema de templos y el no poder enterrar a sus muertos en el panteón de la localidad, por el simple hecho de ser distintos, al menos en el credo religioso, pero en igualdad de pobreza, educación, género, etnia y marginación.

Lo más indignante que he presenciado es que los líderes de las distintas denominaciones, algunas de ellas con 6 mil templos o más en el territorio nacional e igual número de pastores, no se hayan parado frente al Gobernador, al Presidente de la República o ante senadores y diputados para exigir que los Artículos 24 y 130 Constitucionales se cumplan.

Podrán hacer una mini protesta contra la homosexualidad, o a favor de la familia; podrán desayunar con candidatos a cualquier puesto de elección para tomarse la foto; podrán acompañar al Ejecutivo a las reuniones donde les ordenen estar, para presumir su liderazgo; podrán organizar marchas de glorificación o entregar en mítines locales el Estado donde viven o el país entero en manos de Cristo, sin que les pertenezca; pero no han hecho nada para exigir al Gobierno que garantice la libertad y equidad religiosa.

No al menos en grupo. Sólo a título personal muy en privado, con alguna autoridad secundaria.

No existe entre los representantes de las Iglesias Evangélicas lo que se conoce como “solidaridad”, aunque sí un afán muy endeble de “unidad”, que está todavía lejos de convertirse en deseo colectivo legítimo, sin protagonismos espirituales-terrenales.

Cuando sufren los bautistas, los metodistas, los presbiterianos, las “congregaciones hermanas” se quedan al margen, y sus líderes pensando más en su relación (mala o regular) con el Director de Asuntos Religiosos de Gobernación que en la adhesión espiritual que le deben a los que profesaran una misma fe, y creen en lo que dice la misma Biblia que se lee en todos los cultos dominicales, en todas las Iglesias Evangélicas de este mismo país.

Y, aunque ninguno de los cientos de “representantes cristianos evangélicos” desconoce que hay intolerancia y discriminación religiosa en todos los Estados, han preferido minimizar y ocultar los casos, como lo hace sistemáticamente el Estado Mexicano, para dar la engañosa apariencia de que en nuestra Nación se respeta el sagrado derecho de la libertad de culto. Y entierran su indignación bajo sillas, lonas, materiales de construcción, pintura y donativos para hacer más grandes y acogedores sus templos.

Es hora de llorar con los que lloran y no sólo gozarse con quienes se gozan, mientras el Gobierno siguen enviando dádivas para acallar las conciencias y evitar una denuncia masiva que bien podría traducirse en que los hombres del poder reconocieran la calidad moral de esos ministros de culto, verdaderos hombres y mujeres que pueden cambiar la agenda nacional, y no como hoy los consideran en las oficinas públicas desde donde los corrompen… con todo y feligreses.

Por Óscar Moha, presidente de Libertad y Doignidad A.C.




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