Secuestro: la muerte en vida

6 mayo 2016

Secuestros

Con respecto a la ola de secuestros que se han llevado a cabo en el Estado de México tengo mucho que decir. Pero tengo más que decir de la realidad de mi país. No me callo, no me atemoriza que después de hacer públicas las siguientes palabras puedan venir cosas peores para mi persona, porque ése es un miedo absurdo que ha mantenido a muchos en el anonimato. No me hago el valiente, simplemente estoy harto de vivir en el silencio mortuorio de este temor en el que agonizamos.

No sé usted, pero yo ya me cansé de vivir amordazado. Quizá estoy exagerando, quizá estoy siendo un radical extremista, un criticón al que van a criticar sin más porque así estamos acostumbrados los mexicanos, nos gusta la crítica, es más, nos apasiona la criticonería, y si es por redes sociales mejor. Pero si el Gobierno Estatal y Federal no tienen respuesta ante la desaparición de tantas personas en el Estado de México; si ellos no se tocan el corazón, yo no me voy a tocar el corazón al hablar esta vez, no voy a tener pelos en la lengua en el siguiente relato porque no estoy para vender peras en almíbar ni para endulzarle la vida a nadie.

Tengo que aceptarlo, estoy desconcertado. Qué digo desconcertado; estoy emputado, encabronado, rabioso, furibundo, colérico. Perdone usted, respetable lector, pero debo advertirle de una vez que en los siguientes párrafos no utilizaré un lenguaje políticamente correcto porque vivo en un país en donde la política es un cagadero, un muladar, un terreno en cuya mierda nos embadurnamos todos los días con una sonrisa en el rostro porque no nos queda de otra, porque no tenemos otra opción, porque nos importa mucho o poco lo que le ocurre al amigo, al compañero, al compatriota. Hoy me quito caretas, disfraces. Hoy hablo como ciudadano, no como escritor, no como estudiante, simplemente como uno más que vive, día con día, en una realidad que le es incómoda.

Estudio Ciencia Política –soy estudiante– porque la Política (con mayúscula) es hermosa en teoría, pero en la práctica hay que verle como se le ve a la caca: de lejitos y con un palito. Me apasiona mi carrera, día a día estoy dispuesto a aprender algo nuevo, pero me encabrona este panorama porque, sin duda, es más que evidente que hemos perdido la sensibilidad; cada día nos volvemos más insensibles ante la tragedia del prójimo. ¿Ése es el objetivo de todo esto? ¿Insensibilizarnos? Si es así, es tétrica la realidad que nos depara en el porvenir, en un país que no siente dolor, que no se deja sorprender por un asesinato, por la desaparición de unos pocos, por el silencio de unos muchos. Alguna vez escuchaba de la voz de una persona que trabajaba para mi familia que a su sobrino lo habían secuestrado en su pueblo, que los secuestradores no pedían millones, sólo pedían una licuadora y un televisor de plasma. Sólo eso. En este país la vida de un ser humano vale lo que cuesta una chingada licuadora y una TV plana. ¡Qué delirio! ¿Cómo no estar enojados? ¿Cómo no vivir con el miedo atorado en la garganta?

En un país cuya “normalidad” radica en no sentir porque estamos anestesiados, estamos atolondrados frente a una perspectiva de caramelo y chocolate que nos creemos todos los días, que nos venden los políticos y que compramos sin chistar. ¿Qué es lo que me encabrona? Pues eso mismo, señores, no tengo siquiera que decirlo, sólo basta con contemplar la realidad, con abrir un periódico o mirar el televisor. Les invito a hacerlo para que compartamos sentires.

Me enoja que el crimen organizado siga ganando cada vez más terreno en este país, que tengamos más miedo al policía que al criminal, que confiemos más en nuestro perro que en este gobierno. Me indigno al leer los diarios nacionales o al prender la televisión por las noches para mirar las chingaderas que nos joden la existencia: Que si no han encontrado a cuarenta y tres; que si dejaron libre de cargos al secuestrador del hijo de un empresario que luchó durante años por encarcelar al asesino de su hijo que ahora camina libremente por las calles; que si encontraron el cadáver de una niña de dos años de edad que fue violada y torturada hasta la muerte; que si la puta madre hizo no sé qué fregadera; que si unos hijos de la Chingada piden no sé cuántos millones por liberar a un conocido, a un amigo. ¿A quién le afecta todo esto? ¡Qué importa! Que nos valga madres, entonces, démosle vuelta a la página y que el país siga con su realidad pocamadre.

Vuelvo a lo mismo: siento mucho las palabras altisonantes, siento más si agredo su buena educación, el venerable vocabulario versallesco de los políticos, pero no puedo expresarme de otra manera frente a estas situaciones incómodas. Mi intención no es echarle la culpa al Presidente, ni al Gobernador, ni al Alcalde, ni al policía, mi intención es expresar lo que siente un país que perdió la voz, que fue privado de la lengua hace muchos años, no porque no exista la libertad de expresión en este cagadero, sino porque nos da miedo abrir la boca para decir lo que sentimos, porque sabemos que si hoy se publica un texto en el que digamos nuestro sentir de la realidad nacional, es probable que mañana no estemos para contarla.

“¿En qué momento se jodió el Perú?”, pregunta Santiago Zavala, personaje principal de “Conversación en la Catedral”, novela del Premio Nobel peruano, Mario Vargas Llosa. Los mexicanos nos hacemos la misma pregunta retórica –adaptada a nuestras necesidades –todos los días al mirar las noticias por el televisor o al leer los diarios nacionales: “¿En qué momento se jodió México?”. Las reflexiones intelectuales coinciden en la mayoría de los casos: México es un país de piedra, de cal, de cenizas, de barro, de plumas. México es pequeño porque el ciudadano mexicano lo ha comprimido al grado de despreciar sus propios orígenes; porque hemos permitido que esto suceda.

La problemática parte de la presencia de una cultura oxidada, quizás, de creencias que son las trincheras de nuestro propio atraso. México es un país sobrediagnosticado. Eso lo sabemos, todos coincidimos. Se conocen a la perfección cada uno de los problemas presentes en el acontecer cotidiano del país, sabemos las respuestas de la mayoría las preguntas, hemos generado metodologías de inteligencia para cambiar la realidad nacional, pero fallamos a la hora de poner en práctica las leyes y las políticas públicas que beneficiarían a todos los habitantes del México del siglo XXI.

Estoy convencido de que es tiempo de que México despegue hacia el futuro próspero que las nuevas generaciones de mexicanos imaginamos. No lo digo yo, lo dice nuestra realidad. México es un país rico en su gente, en sus paisajes, en su geografía, en su subsuelo repleto de oro negro, en su cultura, en su gastronomía, en sus tradiciones. Me encabrona pensar que hemos desperdiciado tanto por tan poco, que hemos hecho de este país con grandes expectativas un lugar en el que el temor es el pan de cada día. Vuelvo a disculparme, pero creo que a veces es preferible exorcizarse de los demonios que ahogarse con su propia sangre. Sólo espero que el panorama de mi municipio, de mi estado y de mi país cambie muy pronto, porque es necesario, porque lo necesitamos todos.

Por Diego Fernández Gómez @DFG_Diego




COMENTARIOS EN FACEBOOK
(Deja el tuyo)

* Todo comentario será revisado y publicado de acuerdo a nuestras políticas.